“Una experiencia espiritual es, sobre todo, una experiencia práctica del amor.”
Paulo Coelho
Un espíritu que no era ni ángel, ni demonio, ni humano, ni animal, nació y quedó vagando en la nada. Al principio era agradable el silencio y la infinita paz de su mundo, pero con el tiempo comenzó a parecerle tan monótono y aburrido que, sin pensarlo dos veces, abrió un hueco en el espacio oscuro que se suponía eran sus paredes y vino al nuestro, dispuesto a encontrar su lugar y objetivo en la vida, y sobre todo, a entender qué o quién era..
Primero visita el Cielo. Le resultó muy familiar el ambiente tranquilo que allí reinaba, pero su torpeza creó caos, pues ensuciaba las blancas nubes con sus pisadas y hacía desaparecer la quietud con su alta y distorsionada voz. Entonces comprendió que aquel no era su lugar y continuó vagando.
Fue al Infierno. A diferencia de su antiguo hogar y del cielo, este era un mundo aterrador y ajetreado, lleno de líos, muchos más de los que él y su torpeza pudieran causar. Además, se escuchaban gritos horrorosos, y tan alto, que ni siquiera podía oír su propia voz. La amabilidad que había aprendido de los ángeles, en el cielo, enloqueció al diablo, y el espíritu, otra vez, tuvo que partir.
Mientras volaba, el suave roce de un viento fresco en sus alas lo hizo sentirse importante, estaba orgulloso de esas dos cosas que se extendían en su espalda y le permitían elevarse. Entonces quiso aletear más rápido y más fuerte, pero sus alas despedían un gas tóxico que había recogido del infierno y las aves comenzaron a morir. El aire le prohibió volver a volar por su propio esfuerzo.
Cansado ya de andar en vano, se arrojó al mar. Se sentía triste porque no era nadie, ni para él mismo su existencia tenía significado. Así, comenzó a llorar y a llorar, pero la infelicidad de sus lágrimas, y su amargura, ensucian el agua, y es rechazado una vez más.
El espíritu no encuentra a dónde pertenece. Resumió, desesperado, que jamás debió de haberse ido de su ciega, sorda, muda e inmóvil nada. Casi desfallecido, sin fe y con heridas en sus pies por la falta de costumbre de caminar, llegó a tierra firme, donde ya hacía mucho tiempo que otros espíritus como él se habían hecho de un alma. Ellos comprendieron que no eran otros mundos los que tenían que acostumbrarse a ellos, sino ellos a este mundo, y que debían aprender a enmendar todo el daño que habían causado en su larga peregrinación. De esta forma, nuestro espíritu se hizo también de un alma y aprendió de otros a controlar su torpeza, a modificar su voz para que fuera un regalo y no un castigo para los oídos, a utilizar su amabilidad para transformar a los malos y mejorar a los buenos, a alejar el orgullo y la presunción que solo opacaba y hacía daño a los demás, a no contaminar a otros con sus tristezas, sino volver las suyas en alegrías y compartirlas con el mundo... y sobre todo, a comprender que hogar es dónde dejamos nuestro corazón para siempre y el que, en agradecimiento, nos abre los brazos, acepta nuestros defectos y nos ayuda a volverlos virtudes.
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